La ética de los servidores públicos.
Escrito por Prisciliano Gutiérrez. Domingo, 29 de Agosto de 2010 22:14
FAMILIA POLÍTICA
"El agua encharcada, para ocultar
que no es profunda, tiene que ser turbia".
Ignacio Ovalle Fernández.
Ignacio Ovalle Fernández, muy joven, fue secretario particular de Don Luis Echeverría y Secretario de la Presidencia. Después, Director General de la extinta CONASUPO y Diputado Federal, entre otros importantes cargos.
Fue precisamente en la LVI Legislatura, donde coincidimos y trabajamos muy de cerca en la Comisión de Reglamentos y Prácticas Parlamentarias, junto con otros brillantes abogados y excelentes amigos, entre quines destacaron: Píndaro Urióstegui Miranda (Q.E.P.D.) y Jorge Moreno Collado.
Recuerdo que en alguna ocasión, aludiendo a su aspecto eternamente juvenil, le espeté a mansalva: - "Oye Nacho: yo era profesor rural y tú ya eras Secretario de Estado. Los años no se te notan ¿Eres Dorian Gray? ¿Cuál es tu secreto?". Sin inmutarse, con la seguridad que dan las muchas tablas, contestó: - "Es que vivo profundamente enamorado de mi esposa". Al advertir mi cara de estupor, complementó: - "Me he casado cuatro veces".
Varios lustros después (el jueves 26, para ser precisos) a invitación de otro "ilustre" miembro de aquella bancada, Roberto Pedraza Martínez, todavía líder de la Cámara Local, nos reencontramos en el vestíbulo del Recinto Legislativo, espacio en el cual, Ovalle dictaba una conferencia en relación con el Título del presente artículo: La Ética de los Servidores Públicos.
Aunque llegué al inicio de la segunda parte, aprehendí que cada punto (abordado con brillantez y humildad, por el experto expositor) daría materia para muchos artículos y comentarios. Comento algunos:
Carlos Marx, célebre autor de "El Capital", escribió también un pequeño libro, cuyo título es "El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte". En él, vierte los peores conceptos, las más ofensivas críticas, jamás superadas, en contra de funcionarios y trabajadores pagados con el dinero del pueblo. Según el barbado varón, no existe condición más abyecta en un individuo, que ser trabajador al servicio del Estado.
La actitud de prepotencia entre un funcionario y un particular suele ser recíproca, sobre todo cuando el primero no entiende que es siervo y el segundo sí sabe que es mandante. Esto puede solucionarse mediante una transacción de tolerancia mutua que permita a ambos una percepción de alta estima en su interlocutor. Hay que tomar en cuenta que, hasta en los seres de más baja calidad humana, subyace un poco de dignidad.
Ilustran lo anterior dos pasajes inmortales en páginas de la literatura universal. El primero (no cronológicamente) en Los Miserables, de Víctor Hugo: El protagonista, Jean Valjean, malviviente, ladrón, escoria social… encuentra, por lástima, comida y refugio en una iglesia de París. Admirado por tanta riqueza al interior del templo, decidió robar los candelabros de precioso metal y otros objetos de valor. Al ser detenido por la policía y llevado ante la presencia de su benefactor, el bondadoso sacerdote (que los hay), dijo a los genízaros que no había robo alguno, sino un obsequio al menesteroso personaje a quien, injustamente, tachaban de ladrón. Esta mentira piadosa, despertó la consciencia de aquél delincuente quien, a partir de ese suceso, decidió cambiar su historia. Lo logró, con el tiempo se convirtió en un acaudalado hombre de negocios.
El segundo, en El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha: Aldonza Lorenzo, fregona y mujer de todos en ínfima taberna, recibió al demente aventurero quien, en su locura, la percibió como una hermosa doncella (la más bella, la más casta, la más pura…). A partir de entonces se llamó Dulcinea del Toboso, fuente sublime de inspiración en los altos ideales de El Caballero de la Triste Figura. A las puertas de la muerte, Don Quijote recobró la lucidez. Volvió a ser Alonso Quijano. Ante su estado de cordura, Dulcinea perdió sus idealizadas cualidades; se mostró tal cual era, ante su platónico adorador. Éste la rechazó con repugnancia. Ella, desecha en llanto, rogaba a su Señor, que no la tratara mal; que no era Aldonza Lorenzo, sino Dulcinea del Toboso.
¿Cuántas veces, desde un sitial de autoridad confundimos al deber ser (cuyo trato merece todo el público), con el ser, que puede resultar grosero y desagradable?
En fin: Nacho Ovalle, con autoridad moral (tuvo muchos cargos de altísimo nivel en el Gobierno Federal y actualmente vive de sus conferencias), ante Diputados y otros invitados, reconoció a Pedraza, por su sencillez y por la apertura del recinto, a las diferentes manifestaciones de la cultura.
Finalmente, invitó a reflexionar, frase por frase, la célebre expresión de Don Benito Juárez: "Bajo el sistema federativo, los funcionarios públicos no pueden disponer de las rentas sin responsabilidad; no pueden gobernar a impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes; no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo; disponiéndose a vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley señala".
