Administrar el declive
Escrito por Luis Kaim Gebara Miércoles, 01 de Septiembre de 2010 12:51
TERRAZA
La identidad nacional que se construyó en el régimen post revolucionario, está intrínsecamente ligada al valor de la soberanía. En términos prácticos, la soberanía es palpable en la riqueza petrolera. El petróleo es para México, la materialización de un ideal, el signo que nos distingue, el sello nacional. Ojalá pronto encontremos otra manera de reflejarnos en el espejo de la historia, porque el petróleo se nos está acabando.
Hace apenas unos días, el Director General de Petróleos Mexicanos, Juan José Suárez Coppel -talentoso y experto financiero- adelantó que muy pronto, México podría empezar a importar petróleo para refinar. La producción petrolera no ha dejado de caer en los últimos años, pero a ello se suma que cada vez producimos menos crudo ligero –de mayor valor comercial-, en comparación al crudo pesado que, dicho sea de paso, no sirve a la capacidad de refinación instalada en el país.
El país exportador de petróleo importará crudo. El México que “administraría la abundancia” –triste e inexacto presagio del ex presidente López Portillo- está administrando el declive de la paraestatal más importante. En 2005, producíamos 3.3 millones de barriles diarios; en 2009, sólo 2.6 millones de barriles diarios con tendencia a la baja. La riqueza petrolera se agota y la inversión en exploración de nuevos pozos es insuficiente. El yacimiento de Chicontepec requiere de tecnología e inversión para una explotación rentable. El crudo pesado crece en proporción, mientras el crudo ligero se agota.
La última vez que México importó crudo para refinación fue en 1974. En aquel entonces, el país importó 6.2 millones de barriles a lo largo del año; 17 mil barriles diarios. Para tener un parámetro, la importación de crudo ligero que prevé Pemex en el corto plazo, llegaría a los 36 millones de barriles al año, es decir, 100 mil barriles diarios.
El objetivo de la importación sería hacer más eficientes las refinerías de Salina Cruz y Madero; sin embargo, no podemos vestir de eficiencia la verdad que emerge, tal vez como último testimonio, de nuestros pozos: Petróleos Mexicanos ha sido pilar del gasto del gobierno mexicano durante décadas, garantizando con ello su propia inviabilidad financiera y operativa. A Pemex se utiliza para financiar programas sociales pensando en coyunturas políticas, necesidades electorales, a costa de la reinversión. Qué celebrable es el hecho de que la riqueza petrolera haya contribuido a las transferencias del gobierno en el ámbito social; que lamentable que con ese argumento, la riqueza petrolera también haya sido objeto de dispendio, de puntal para el crecimiento exponencial del gasto corriente, y de un manejo irresponsable en cuanto al futuro de los hidrocarburos en México.
Tristemente, esta realidad era previsible hace una década. El futuro no hizo otra cosa que alcanzarnos a nuestro propio paso, el de la indefinición y la ineficacia. Y es que el Congreso tuvo la oportunidad histórica de dotar a Pemex de un verdadero gobierno corporativo, de diseñar un marco fiscal que le permitiera márgenes de operación rentables –tanto para la empresa como para el gobierno-, y que facilitara la inversión en dos áreas fundamentales: exploración y explotación.
Pero no. Como el “movimiento en defensa del petróleo” de Andrés Manuel López Obrador tensó el ambiente político, el Congreso, los líderes parlamentarios, se refugiaron en el posibilismo, en la pequeñez de alcances y la cortedad de miras. Sabían que la última reforma energética era insuficiente, pero privilegiaron la política.
En esa misma ruta, la política, se ha manejado el “proyecto del sexenio”, la refinería Bicentenario, a construirse en Tula, Hidalgo. En 2011, si bien le va a nuestra entidad, se empezará el bardeado de la refinería. Pasarán cinco o seis años, en el mejor escenario, antes de empezar la producción de hidrocarburos refinados. Para ese entonces, la instalación servirá para que el crudo ligero que importaremos con una tendencia ascendente, sea refinado en Hidalgo. De las reconversiones en otras refinerías, ni hablar. La rentabilidad de esos proyectos es escasa.
No hay quien escatime reconocimiento al gobierno de Hidalgo por haberse hecho del proyecto de la refinería Bicentenario contra viento político y mareas partidistas. No hay tampoco, quien señale al Director Suárez Coppel como irresponsable por el anuncio de la importación de crudo; es una realidad financiera –dolorosa- necesaria y apremiante.
Sin embargo, lo que debemos preguntarnos es qué ha hecho la clase política –incluyo al gobierno y a los partidos representados en el Congreso- por evitar que la refinería Bicentenario, en caso de construirse, sea subutilizada. ¿Qué han hecho por darle un soplo de vida a Petróleos Mexicanos?
Me parece que el binomio soberanía-petróleo sigue siendo demasiado sensible entre la sociedad mexicana, y por ende tan delicado para la clase política, como para plantear una solución de largo plazo para la paraestatal que tanto ha dado al país. Sigue siendo demasiado costoso políticamente plantear la apertura al capital privado en áreas de exploración y explotación, que permitiese -manteniendo la rectoría del Estado y la propiedad sobre los hidrocarburos- aprovechar mejor la última etapa de la riqueza petrolera nacional. Nadie quiere asumir el papel de némesis de Lázaro Cárdenas, nadie quiere alterar el sueño del país de la abundancia petrolera, cuando el sueño ha terminado y el General, muy probablemente, estaría de acuerdo en lo que aquí he planteado para garantizar la viabilidad de Pemex.
Quizás el único incentivo para reformar de fondo el esquema en el que opera Pemex, sea la dependencia presupuestal del gobierno y las petrolizadas finanzas públicas. Fue fácil para todos acostumbrarse a los excedentes petroleros de la última década; no lo será tanto, verse en el escenario contrario, en el que el gasto público deba reducirse porque los ingresos petroleros no dan para más.
El clima de polarización política que impera en el país, hace difícil cualquier acuerdo, y ello hace imposible una reforma constitucional en el corto plazo. El tema de la seguridad, la violencia y la lucha contra el crimen organizado, monopoliza la agenda pública. Hay poco espacio para debatir y plantear soluciones en el tema petrolero. No es tema para la clase política; no tan cerca de las elecciones de 2011 y 2012.
Sin embargo, la realidad está presente para quien quiera verla: Importaremos crudo, nuestra producción se mantendrá a la baja, y la riqueza petrolera restante será cada vez menos accesible; sus frutos, cada vez menos rentables. Administraremos el ocaso, el declive. Hasta que la urgencia haga posible el acuerdo.
Luis Kaim Gebara es Director General de la empresa Estrategia y Comunicación.
Twitter: @lkaim
