Jueves, Septiembre 09, 2010
   
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Luis Kaim

Comunicación política e informes de gobierno

Terraza

Los informes de gobierno que se presentan cada año cumplen con dos importantes funciones dentro de la política. La primera es hacer un corte de caja para dar a conocer a ciudadanos, opinión pública y fuerzas políticas, los avances que un gobernante ha tenido en el último periodo de su administración. La segunda persigue fines electorales. Al rendir un informe de las actividades realizadas en el último año, los políticos tienen la excusa perfecta para la autopromoción, para demostrar a sus electores que han cumplido con las promesas de campaña y para seguir construyendo una carrera política a futuro. Los informes de gobierno dan una oportunidad a quienes ostentan un cargo de elección popular para mejorar su imagen ante los ciudadanos –mostrando resultados, fruto de su trabajo-, y para realizar proselitismo en medios de comunicación que en otros momentos está prohibido.

En las últimas semanas el país ha podido presenciar dos informes de actividades de figuras clave en el escenario político nacional. El primero fue el IV Informe de Gobierno del Presidente Felipe Calderón, el cual debido a la situación actual por la que atraviesa México –en particular la violencia y la inseguridad- provocaba cierto desánimo a priori. El otro fue el V Informe del gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, el cual generó grandes expectativas. Esto se debió a que si bien se trataba del informe de un gobierno local, en las encuestas de preferencias electorales el mandatario mexiquense sigue colocándose como puntero, siendo el más aventajado en la carrera de la sucesión presidencial. En la última encuesta realizada por Consulta Mitofsky, Peña Nieto amasa 28% de las preferencias electorales, siendo su competidor más cercano Andrés Manuel López Obrador con un 8%. De ahí que el informe del gobernante del Estado de México atrajera los reflectores de los medios de comunicación a nivel nacional.

En términos de comunicación, tanto los informes como la promoción que hubo en torno a éstos ameritan un análisis a fondo. Antes de que el Presidente Calderón o Enrique Peña rindieran su informe de actividades, transmitieron por distintas vías mensajes relativos a éstos. Spots de televisión, cuñas de radio, anuncios por internet e incluso llamadas telefónicas fueron utilizadas por la Presidencia de la República y el Gobierno mexiquense para comunicar a la población los avances que sus administraciones han tenido. A pesar de que el método utilizado por ambos mandatarios para autopromocionar su imagen fue similar, los resultados se alejaron drásticamente.

En cuanto a la forma, en los anuncios de Presidencia el titular del Ejecutivo aparecía con una imagen seria. Vestido de traje con una música casi marcial de fondo, el Presidente Calderón exhibía el remodelado Palacio Nacional al tiempo que mencionaba los logros de su gobierno. En contraste, el gobernador mexiquense lucía en los spots una imagen más relajada. Sin saco, con las mangas de la camisa recogidas, y con la corbata ligeramente aflojada –una imagen muy similar a la del Presidente estadounidense Barack Obama-, Enrique Peña aparecía en el asiento trasero de su camioneta después de una ardua jornada de trabajo, con una música de piano de fondo, con el rostro cansado pero satisfecho por los logros alcanzados. La antagónica imagen que comunicaron los mandatarios dio resultados opuestos. En tanto que el Presidente se mostró como cualquier político, serio y alejado de la ciudadanía, Peña Nieto logró alejarse un poco de la imagen de gobernador galán y mostrar una faceta mucho más humana, más cercana a la gente, más real.  

En cuanto al fondo de los anuncios transmitidos por distintos medios, en los relativos al IV Informe del Presidente Calderón se hablaba de los logros alcanzados en su gobierno. En algunos spots el titular del Ejecutivo recalcaba los avances en el marco de la guerra contra el narcotráfico –decomisos históricos de drogas y armas, capturas de capos, etc.-, en otros hablaba sobre la cobertura de salud universal que fue propuesta durante su campaña, y en otros más sobre las grandes obras de infraestructura que se han construido en este sexenio. A diferencia del Presidente Calderón, Enrique Peña no enumeraba las acciones realizadas en el último año de su gestión –eso ya lo había anunciado en la avasalladora campaña con motivo del cumplimiento de su compromiso número 500-. En sus anuncios el gobernador mexiquense hace una reflexión sobre cómo se debe gobernar y habla también sobre la satisfacción de haber cumplido casi 600 compromisos firmados al inicio de su administración. En este sentido, los mensajes del Presidente Calderón aluden más a la razón, en tanto que los de Peña Nieto apelan más –y con tiros de precisión- a la emoción.

Aunque ambos mandatarios transmitieron anuncios por tele, radio y otros medios, los del IV Informe Presidencial resultaron demasiados. La saturación de tantos espacios con mensajes del Presidente Calderón causó molestia entre la opinión pública, la cual se sintió bombardeada por spots que además aludían a logros que en el día a día no son percibidos por la mayoría de los mexicanos.

En cuanto a las ceremonias donde los gobernantes rindieron sus informes, el formato de éstas también fue similar. Al no verse obligado a asistir al Congreso, el Presidente Calderón organizó un evento en Palacio Nacional, lo cual le permitió asegurarse que al menos mientras él hablara no habría quien lo criticara, increpara o insultara. Los políticos de oposición antes de entrar al recinto se colocaron una máscara de estoicismo, detrás de la cual escucharon atentos al Presidente Calderón sin hacer ningún comentario negativo. Evidentemente al salir de la ceremonia los opositores se quitaron el antifaz y declararon ante medios de comunicación todo lo que en Palacio Nacional no pudieron decir. Las críticas más duras afloraron. La frase “si las cosas están tan bien, ¿por qué estamos tan mal?” de Manlio Fabio Beltrones lo resume todo.

En el caso del gobernador mexiquense, él prefirió no rendir su informe ante el Congreso local, y organizó también una ceremonia privada en el Teatro Morelos. La mayoría de los invitados eran priistas que asistieron a apoyar al que se apunta como quien podría devolver Los Pinos al tricolor. Siendo el círculo cercano y afín al gobernador el que estuvo presente, las críticas casi ni se escucharon. Solamente Marcelo Ebrard declaró que el PRI –no se refirió al gobernador mexiquense en particular- tenía miedo de las alianzas entre PAN y PRD.

En la balanza, si se hace una comparación de forma y fondo tanto de los mensajes alusivos a los informes de gobierno como de las ceremonias respectivas, la comunicación de Enrique Peña Nieto vence por mucho a la del Presidente Felipe Calderón. Mientras que los anuncios del titular del Ejecutivo fueron altamente criticados no sólo por el bombardeo mediático al que sometió a la población, sino por tratar temas sensibles como la economía y la seguridad –donde la percepción del Presidente es distinta a la de la ciudadanía-, los spots de Peña Nieto lograron alejarlo un poco de la imagen frívola que lo caracterizaba, colocándolo como un político trabajador, cercano y dedicado al pueblo. Por otra parte, en la ceremonia en Palacio Nacional las apariencias se mantuvieron sólo por unos momentos, pues al salir del recinto las críticas estallaron, en tanto que el evento en el Teatro Morelos fue un episodio donde Peña Nieto -y el PRI- mostró músculo, con mínimas críticas y una explosión de aplausos y vítores para el gobernador mexiquense. En términos de comunicación –que no de gobierno en sí- Enrique Peña Nieto ha logrado utilizar todas las herramientas y mecanismos posibles a su favor, forjando así lo que parece una sólida candidatura presidencial.

Luis Kaim Gebara es Director General de la empresa Estrategia y Comunicación.
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Administrar el declive

TERRAZA

La identidad nacional que se construyó en el régimen post revolucionario, está intrínsecamente ligada al valor de la soberanía. En términos prácticos, la soberanía es palpable en la riqueza petrolera. El petróleo es para México, la materialización de un ideal, el signo que nos distingue, el sello nacional. Ojalá pronto encontremos otra manera de reflejarnos en el espejo de la historia, porque el petróleo se nos está acabando.
Hace apenas unos días, el Director General de Petróleos Mexicanos, Juan José Suárez Coppel -talentoso y experto financiero- adelantó que muy pronto, México podría empezar a importar petróleo para refinar. La producción petrolera no ha dejado de caer en los últimos años, pero a ello se suma que cada vez producimos menos crudo ligero –de mayor valor comercial-, en comparación al crudo pesado que, dicho sea de paso, no sirve a la capacidad de refinación instalada en el país.
El país exportador de petróleo importará crudo. El México que “administraría la abundancia” –triste e inexacto presagio del ex presidente López Portillo- está administrando el declive de la paraestatal más importante. En 2005, producíamos 3.3 millones de barriles diarios; en 2009, sólo 2.6 millones de barriles diarios con tendencia a la baja. La riqueza petrolera se agota y la inversión en exploración de nuevos pozos es insuficiente. El yacimiento de Chicontepec requiere de tecnología e inversión para una explotación rentable. El crudo pesado crece en proporción, mientras el crudo ligero se agota.
La última vez que México importó crudo para refinación fue en 1974. En aquel entonces, el país importó 6.2 millones de barriles a lo largo del año; 17 mil barriles diarios. Para tener un parámetro, la importación de crudo ligero que prevé Pemex en el corto plazo, llegaría a los 36 millones de barriles al año, es decir, 100 mil barriles diarios.
El objetivo de la importación sería hacer más eficientes las refinerías de Salina Cruz y Madero; sin embargo, no podemos vestir de eficiencia la verdad que emerge, tal vez como último testimonio, de nuestros pozos: Petróleos Mexicanos ha sido pilar del gasto del gobierno mexicano durante décadas, garantizando con ello su propia inviabilidad financiera y operativa. A Pemex se utiliza para financiar programas sociales pensando en coyunturas políticas, necesidades electorales, a costa de la reinversión. Qué celebrable es el hecho de que la riqueza petrolera haya contribuido a las transferencias del gobierno en el ámbito social; que lamentable que con ese argumento, la riqueza petrolera también haya sido objeto de dispendio, de puntal para el crecimiento exponencial del gasto corriente, y de un manejo irresponsable en cuanto al futuro de los hidrocarburos en México.
Tristemente, esta realidad era previsible hace una década. El futuro no hizo otra cosa que alcanzarnos a nuestro propio paso, el de la indefinición y la ineficacia. Y es que el Congreso tuvo la oportunidad histórica de dotar a Pemex de un verdadero gobierno corporativo, de diseñar un marco fiscal que le permitiera márgenes de operación rentables –tanto para la empresa como para el gobierno-, y que facilitara la inversión en dos áreas fundamentales: exploración y explotación.
Pero no. Como el “movimiento en defensa del petróleo” de Andrés Manuel López Obrador tensó el ambiente político, el Congreso, los líderes parlamentarios, se refugiaron en el posibilismo, en la pequeñez de alcances y la cortedad de miras. Sabían que la última reforma energética era insuficiente, pero privilegiaron la política.
En esa misma ruta, la política, se ha manejado el “proyecto del sexenio”, la refinería Bicentenario, a construirse en Tula, Hidalgo. En 2011, si bien le va a nuestra entidad, se empezará el bardeado de la refinería. Pasarán cinco o seis años, en el mejor escenario, antes de empezar la producción de hidrocarburos refinados. Para ese entonces, la instalación servirá para que el crudo ligero que importaremos con una tendencia ascendente, sea refinado en Hidalgo. De las reconversiones en otras refinerías, ni hablar. La rentabilidad de esos proyectos es escasa.
No hay quien escatime reconocimiento al gobierno de Hidalgo por haberse hecho del proyecto de la refinería Bicentenario contra viento político y mareas partidistas. No hay tampoco, quien señale al Director Suárez Coppel como irresponsable por el anuncio de la importación de crudo; es una realidad financiera –dolorosa- necesaria y apremiante.
Sin embargo, lo que debemos preguntarnos es qué ha hecho la clase política –incluyo al gobierno y a los partidos representados en el Congreso- por evitar que la refinería Bicentenario, en caso de construirse, sea subutilizada. ¿Qué han hecho por darle un soplo de vida a Petróleos Mexicanos?
Me parece que el binomio soberanía-petróleo sigue siendo demasiado sensible entre la sociedad mexicana, y por ende tan delicado para la clase política, como para plantear una solución de largo plazo para la paraestatal que tanto ha dado al país. Sigue siendo demasiado costoso políticamente plantear la apertura al capital privado en áreas de exploración y explotación, que permitiese -manteniendo la rectoría del Estado y la propiedad sobre los hidrocarburos- aprovechar mejor la última etapa de la riqueza petrolera nacional. Nadie quiere asumir el papel de némesis de Lázaro Cárdenas, nadie quiere alterar el sueño del país de la abundancia petrolera, cuando el sueño ha terminado y el General, muy probablemente, estaría de acuerdo en lo que aquí he planteado para garantizar la viabilidad de Pemex.
Quizás el único incentivo para reformar de fondo el esquema en el que opera Pemex, sea la dependencia presupuestal del gobierno y las petrolizadas finanzas públicas. Fue fácil para todos acostumbrarse a los excedentes petroleros de la última década; no lo será tanto, verse en el escenario contrario, en el que el gasto público deba reducirse porque los ingresos petroleros no dan para más.
El clima de polarización política que impera en el país, hace difícil cualquier acuerdo, y ello hace imposible una reforma constitucional en el corto plazo. El tema de la seguridad, la violencia y la lucha contra el crimen organizado, monopoliza la agenda pública. Hay poco espacio para debatir y plantear soluciones en el tema petrolero. No es tema para la clase política; no tan cerca de las elecciones de 2011 y 2012.
Sin embargo, la realidad está presente para quien quiera verla: Importaremos crudo, nuestra producción se mantendrá a la baja, y la riqueza petrolera restante será cada vez menos accesible; sus frutos, cada vez menos rentables. Administraremos el ocaso, el declive. Hasta que la urgencia haga posible el acuerdo.

Luis Kaim Gebara es Director General de la empresa Estrategia y Comunicación.
Twitter: @lkaim

   

Bicentenario: cuarto para las doce

TERRAZA

El reloj del Bicentenario marca las doce menos cuarto. La hora llegó y nosotros no estamos listos. El gobierno mexicano tuvo tanto como cien años para preparar la fiesta; a marchas forzadas, fabricando excusas, se augura un carnaval de improvisaciones.
No exagero. Atiendo a la novedad del secretario Lujambio, quien ya avisó que si esperábamos ver listo el monumento Bicentenario para este Bicentenario, caímos en falsas expectativas; fuimos ilusos. ¿Imagina usted a Rivas Mercado diciéndole al General Porfirio Díaz, “excelencia, fíjese que la columna no va a estar lista para su cumpleaños”? Inimaginable. Pero no por el carácter dictatorial de aquellos tiempos, sino por un elemental sentido de responsabilidad histórica; de vergüenza política.
Debió ser particularmente difícil para el presidente Calderón, que sus subalternos le llegaran con la noticia que el monumento Bicentenario –como si se tratara de una reparación doméstica, o algún trabajo de fontanería- no iba a estar listo para la fecha acordada. Más aún, planear una estrategia para comunicarle a la ciudadanía que el polémico y costosísimo monumento –de poco menos de 400 millones, pasó a casi 700 millones de pesos- va a develarse, si bien le va a la patria, en 2011 o 2012. Tal vez por eso, por la inconsistencia argumentativa, la inverosímil irresponsabilidad, o la patética intención de hacernos creer que todo va de acuerdo a lo planeado, el organizador principal de los festejos –que se juzga a si mismo como precandidato presidencial- dio una explicación que me permito reproducir textualmente para no restar brillo con una paráfrasis, a la joya declarativa del Bicentenario. Aquí las excusas de Lujambio, para justificar que la “Estela de Luz”, o torre del Bicentenario, no esté lista en el año de las conmemoraciones:
“Es una pieza de una inédita complejidad constructiva, se cobró conciencia de garantizar la seguridad en su edificación y se mandó a hacer un estudio de prospectiva de ‘larguísimo plazo’, a 200 años, bajo el supuesto de un incremento sustancial de la densidad urbana en la zona y de fuertes vientos. Pasamos de 80 a mil 700 toneladas, lo que supuso cambios fundamentales, el diámetro de las columnas pasaron de 81 a 91 cm, así como el espesor de las paredes tuvimos que duplicarlo de 1.5 pulgadas a 3 pulgadas, el doble del espesor originalmente calculado. se trata de una obra de arte de inigualable belleza y no de un edificio común. Es una pieza única de la arquitectura mundial, es una obra sin precedentes, como obra de arte y como pieza de ingeniería. Estamos ante una estructura de 104 metros de alto y 9 de ancho, que será elaborada en una estructura de acero inoxidable que se ha comprado en Finlandia y que se está moldeando y forjando en tubos sobre los cuales se montarán 500 placas de cuarzo translúcido que sólo existe en Brasil y que se están laminando en Italia”
El célebre Mario Moreno jamás hubiese logrado tal escaramuza verbal. Debemos entender que la culpa la tienen finlandeses, brasileños, e italianos. Que el monumento es de magnificencia tal, que aún no puede develarse; que su belleza es incomparable al grado de la inexistencia. Como el traje nuevo del Emperador en el clásico infantil de Andersen.  
Mientras tanto, los mexicanos envueltos en mezquindad deben evitar pensar que la obra simple y sencillamente no estuvo a tiempo por ineficacia, exceso de confianza, y opacidad en el gasto. Debemos agradecer la previsión de Lujambio para que el monumento resista los vientos del 2210, o que el costo se haya duplicado “responsablemente”. Hay que agradecer, en pocas palabras, que el monumento no exista; es por el bien de la patria, por su perdurabilidad. Hay que olvidar lo básico, y privarse del sentido común: el ícono del Bicentenario será el espacio vacío que deja un monumento que no estuvo a tiempo, reflejando la incapacidad, la indolencia, y la irresponsabilidad de los funcionarios de esta administración.
Pero no sólo es la “Estela de Luz” que no veremos, sino la canción que escucharemos como melodía oficial de las conmemoraciones y que ha generado más críticas que adhesiones. Se trata de la composición “El futuro es milenario”, con letra de Jaime López y música del cantante Aleks Syntek. De inicio, podría cuestionarse por qué pedir a Syntek la música del Bicentenario, considerando que sólo cubre un pequeño nicho de consumidores musicales ¿Por qué no apostar a un cantante representativo, icónico, o a varios de ellos?
La canción oficial del Bicentenario puede gustar o no, lo cierto es que se convirtió en un problema político para el titular de la SEP, y por ende para este gobierno. Lujambio presentó en conferencia de prensa la canción de Syntek, creyendo que capitalizaría políticamente un éxito en la radio; no calculó que en la red social Twitter, la melodía sería despedazada, que los medios impresos retomarían la información, que el propio cantante se retiraría de los reflectores ante la ola de críticas, y que –involuntariamente- la SEP quedaría sola para defender un jingle desdibujado e infantil.
Más allá de los gustos musicales o la pertinencia de la canción, me parece increíble que nadie en el equipo de Lujambio haya mantenido un monitoreo permanente, sistemático, de las reacciones que se generaron con la presentación de “El futuro es milenario”. Más aún, que no se haya tenido contacto con Aleks Syntek –contratado por el gobierno para esta empresa- para evitar que el músico abandonara Twitter, y desencadenara el interés de la prensa y la opinión pública. En estricto sentido, fue la intempestiva salida de Syntek, quejándose del ánimo de los mexicanos, lo que catalogó en la opinión pública a la canción del Bicentenario como un fracaso. El manejo de crisis fue terrible. Syntek tendrá publicidad, mientras Lujambio asume el costo político.
Probablemente por ello –en la misma semana debió “explicar” el retraso en el monumento, y soportar las críticas a la canción del Bicentenario- el secretario Alonso Lujambio reprochó el ánimo “de mezquindad” que priva entre mexicanos. De fondo, un precandidato presidencial sangra mediáticamente por la herida que le ha abierto el festejo patrio. De pedestal Bicentenario, a cadalso político. Ernesto Cordero tendrá allanado el camino, mientras el titular de la SEP carga con la responsabilidad de una fiesta, la más importante del siglo, que salió mal.
Luis Kaim Gebara es Director General de la empresa Estrategia y Comunicación.
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Fidel: Genio y Figura

TERRAZA

Existe una lista pequeña de nombres que cambiaron la ruta de la historia política del Siglo XX: Juan Pablo II, Churchill, Roosevelt, Hitler, Gorbachov, Mao,  por citar algunos; sin embargo, hay una aún más pequeña, que incluye a los que siendo partícipes de esa historia, viven para contar hazañas y mirar el camino andado, como Nelson Mandela, o para resistirse a ser sólo efigie y dejar de encarnar el poder, como Fidel Castro.
Así, como una efigie -objeto de señalamientos, acusaciones, elogios y loas-, es como debe percibirse a Fidel Castro antes de analizar los pasajes que, a los 84 años sigue escribiendo. Y es que el Comandante,  ataviado nuevamente de verde olivo tras larga enfermedad, puso nuevamente en jaque al gobierno mexicano –ustedes recordarán el tristemente célebre episodio del “comes y te vas”, en la que un empequeñecido Vicente Fox, quiso darle clases de política exterior al lobo de los lobos de mar en la materia- al parafrasear el libro de Andrés Manuel López Obrador.
Castro no sólo defendió en un largo artículo la tesis del tabasqueño, en la que una “mafia” oligárquica le robó la presidencia en 2006, sino que afirmó que López Obrador ganó en las urnas aquella contienda, pero “el imperio” le había impedido llegar a la titularidad del Ejecutivo federal. Para el infarto del panismo en el poder, Fidel Castro cerró con un reconocimiento a la “autoridad moral” de López Obrador; desató la furia del gobierno mexicano.
Tal vez por ello, porque fue redactado con iracundia, el comunicado de la Cancillería mexicana al respecto fue tan ramplón e infantil: “La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) expresa el rechazo del Gobierno de México a las afirmaciones formuladas por el ex Presidente de Cuba, Fidel Castro Ruz, en las cuales se pretende descalificar a las instituciones mexicanas y se hace eco de afirmaciones sin sustento sobre el país y su desarrollo. Asimismo, el Gobierno de México hace votos para que pronto el pueblo de Cuba pueda acudir a elecciones libres para elegir a sus representantes y se respeten plenamente los derechos humanos en la isla. México valora profundamente sus vínculos con Cuba y reitera su firme voluntad de continuar estrechando sus relaciones de amistad y cooperación con el pueblo y el gobierno cubanos. En este espíritu de respeto mutuo, se congratula con la recuperación de la salud del Comandante Castro, en su cumpleaños 84.”
En primer lugar, el gobierno mexicano cometió un pecado diplomático y político: mostró cuán profundo le habían herido las palabras de Castro. En segundo lugar, como si la doctrina Estrada y el mundo bipolar fueran los ejes rectores de la política internacional hoy por hoy, la Cancillería responde el cuestionamiento a la legitimidad política del Presidente, con el señalamiento biliar a las condiciones de los derechos humanos en la isla, rematando con “los votos para que pronto el pueblo cubano pueda acudir a elecciones libres para elegir a sus representantes”; como si Fidel Castro se pudiera ofender a estas alturas con semejantes argumentos.
Como alguien en la Cancillería pensó que el comunicado tendría que ser un portento de diplomacia, una “bofetada con guante blanco”, se atrevieron –una línea después de despreciar las condiciones “democráticas” de Cuba y señalar veladamente que la violación a los derechos humanos es sistemática- a “congratularse” por el cumpleaños número 84 del dictador. Una burla.
De fondo, es una pena que el gobierno mexicano haya reaccionado con un berrinche diplomático ante el artificio de un viejo hechicero de la geopolítica. El Presidente Calderón, a través de su grisácea Secretaria de Relaciones Exteriores, había tratado de recomponer la relación bilateral –en otros tiempos estratégica y prioritaria- que Vicente Fox se encargó de dinamitar a base de imprudencias y la profunda convicción que, en términos diplomáticos, Cuba no era nada; y la relación con los Estados Unidos, lo era todo.  
Castro, por su parte, le tiene tomada la medida a los gobiernos de Acción Nacional, que lo detestan en privado, pero se ven obligados a procurarlo en los canales diplomáticos, por la histórica relación que México y Cuba han forjado durante ya muchas décadas.
En la coyuntura, en Los Pinos dolió –casi como asunto personal- que Castro diera un espaldarazo a López Obrador, tras los esfuerzos diplomáticos por restablecer las condiciones bilaterales que existían antes de la era del “comes y te vas”. Ante todo, dolió el tema, la legitimidad del Presidente Felipe Calderón, como si el país viviera aún la euforia de la crisis post electoral, como si López Obrador no hubiera seguido la ruta no institucional de choque y bloqueo; como si Calderón tuviera aún que demostrar que ganó la presidencia, cuando en realidad la cuenta regresiva para que rinda cuentas, entregue resultados, ha comenzado.
A estas alturas, en Los Pinos debieron recordar quién era Fidel Castro -monstruo político de mil batallas épicas, ícono de una revolución que, a destiempo, cree que puede subsistir; santo de devociones, demonio de otras tantas, genio y figura- y recordar que con el Comandante, nunca hay nada personal.
Dudo que Fidel quisiera favorecer a López Obrador a la distancia. Quería que el gobierno reaccionara como reaccionó. En ese tenor, el viejo líder revolucionario de la Habana logró su cometido. Empero, en estos días, cuando la marea mediática baje, podremos analizar con mayor precisión qué llevó al ex presidente, que no ex líder de la Revolución Cubana y mandamás de la isla, a buscar una nueva confrontación con la derecha mexicana, con el gobierno de esa nación que le vio zarpar en el Granma para hacerse de un lugar en la historia.


   

La tenencia y el populismo

TERRAZA

El impuesto sobre tenencia vehicular tiene dos usos claramente identificables. El primero, es que a pesar de la impopularidad de todo impuesto –por eso se llaman “impuestos”-, la tenencia financia obra social e infraestructura en las entidades federativas. El segundo, casi tan común como el primero, es el uso electorero y político del argumento cuando de la chistera no salen ideas más frescas.
El tema viene a cuento porque sacándole brillo a tan gastado asunto, la legisladora federal de Acción Nacional, Gloria Romero, ha propuesto – ¡Que paren las prensas!- “eliminar la tenencia”.  Se habla de forma tan liviana de este vilipendiado tributo, que se obvia que la última semana de junio, el Presidente Felipe Calderón decretó que quedarían exentos del pago de tenencia en 2010, los que adquirieran un vehículo nuevo de hasta 250 mil pesos; eso sí, tendrían que pagarla en 2011.
Pero en este afán de revivir una y otra vez al cadáver de la tenencia como argumento político, se omite que la tenencia está eliminada ya, y el transitorio en la ley que lo dispone ha determinado que el 31 de diciembre de 2011, será el último día que se cobre dicho impuesto. Por eso exigir el fin de la tenencia desde la trinchera legislativa, o elegirlo como slogan de campaña –como hizo Bertha Xóchitl Gálvez-, es confiar en la rentabilidad política de la desinformación.
Fue el Congreso -conformado por la pluralidad representativa- el que determinó el fin de la tenencia, dándole un plazo razonable a las entidades federativas y a la propia Secretaría de Hacienda, para analizar el impacto de dicha medida en las arcas estatales, y los mecanismos para tapar semejante boquete fiscal.
Por eso tomar la bandera de la desaparición de la tenencia, es confesión solo puede aludir a la desinformación. Desinformación imperdonable para un legislador, un funcionario, o una candidata; o confiar dolosamente en la desinformación que suele cundir en la opinión pública.
De fondo está el milenario recurso político de defender acríticamente la disminución de impuestos, desde la palestra del populismo: ¿Por qué abogar por la desaparición de la tenencia cuando el impuesto tiene fecha de caducidad, y dar piruetas discursivas para defender el alza –hace un año- del impuesto sobre la renta, o del IVA? ¿Por qué venir con la falacia, la bola de humo, el fuego de artificio de la tenencia vehicular, y no juzgar con el mismo parámetro el incremento tributario de este ejercicio fiscal?
Aprecio que no hay un juicio, un análisis detrás de los argumentos mediáticos que hacen de la tenencia, un anzuelo. No se cuestiona qué pasará con los 400 millones de pesos que faltarán en las arcas estatales, ni la viabilidad de programas irreductibles de enorme impacto social. No se actúa con responsabilidad pública para preguntar qué pasará con las finanzas públicas de Hidalgo y del resto de las entidades; se piensa solamente en el próximo -y paradójicamente lejano- ciclo electoral.
Es común apelar a la desmemoria en la opinión pública, pero tomando en cuenta que la tenencia vehicular fue promesa de campaña del Presidente Calderón, exigencia hueca de Bertha Xóchitl Gálvez, y ahora ocurrencia mediática de su correligionaria legisladora, queda claro que hay actores que confían demasiado en el olvido o la desatención ciudadana. Si por ley no habrá tenencia en el primer minuto de 2012, enredarse en la bandera de la eliminación de este tributo es, sin más, una burla a la ciudadanía.
El gran dilema es que independientemente de oportunismos y ocurrencias, seguimos discutiendo la reforma fiscal pendiente -porque todo lo que se ha hecho hasta ahora es el mal remiendo de lo ya remendado- desde una óptica estrictamente recaudatoria. Se preguntan los genios de las finanzas públicas qué nuevo impuesto aprobar, qué tributo incrementar, antes de revisar a fondo el gasto.
Ciertamente, nuestro país es uno de los que peor recaudan, llegando al piso de las listas comparado con otros países latinoamericanos a los que rebasamos en términos de desarrollo económico. Es verdad, México recauda mal, pero gasta peor, y lejos de verlo así, cada discusión del paquete fiscal nos lleva a hacer más complejo el esquema tributario, a cargar más a los contribuyentes cautivos, y a garantizar que los niveles de gasto que se han alcanzado en los últimos años, se garanticen a como dé lugar.
Para muestra, hay que recordar que en el año de la gran crisis económica, en el año del boquete para las finanzas públicas que fue 2009, se aprobó el Presupuesto de Egresos de la Federación más cuantioso de la historia, en sintonía con la tendencia ascendente del gasto en la última década. En otras palabras, se recaudó más; no mejor. Se exigió un esfuerzo extraordinario al contribuyente, tocando incluso al mítico IVA, para gastar más.
Si en verdad queremos hablar de impuestos, de simplificación tributaria, y de qué le convendría más a la sociedad, a los hidalguenses, pidámosle a nuestros legisladores que en la discusión presupuestal que se avecina, se ponga especial énfasis en el tema del gasto público, en la vigilancia de los recursos, en la eficiencia en el ejercicio del dinero de todos.
Hemos triplicado presupuestos de hace una década y media sin que el impacto en la población a nivel nacional sea significativo. En la esfera local, los incrementos presupuestales –que no sólo provienen del incremento en aportaciones y participaciones federales, sino en la capacidad de autogestionar recursos vía eficiencia e incentivos para el contribuyente- han permitido poner en marcha programas sociales, políticas públicas, y nueva infraestructura.
Por eso reitero, no se trata de levantar cortinas de humo abogando por la desaparición de impuestos con sentencia de muerte y fecha de caducidad; sino de promover desde la representación pública, un mejor ejercicio del gasto público. Lo demás, es populismo.

   

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